No nos pongan un techo para soñar, construyámoslo juntos

23 mayo 2011 § Deja un comentario

El día que dejamos el campamento para conformar nuestro nuevo barrio, aprendimos que no sólo la casa valía pena… Ese día comenzamos a soñar, no con una casa, sino con una calidad de vida mejor, con oportunidades para nuestros hijos… con un Chile posible. Por primera vez en nuestras vidas celebrábamos algo propio. Y no me refiero a la “casa propia”, sino al logro de la casa propia, pero con dignidad. Ese día fue el resultado del esfuerzo de años, y lo más importante, de nuestra participación real en cada decisión que nos afectaba directamente. Por muchos años tanto el Estado como las organizaciones Sociales creían que regalándonos todo seríamos felices y superaríamos definitivamente la pobreza. Y sí, quizás nos hicieron felices las subvenciones y la caridad por un momento, pero después sólo nos causaba vacío. En nuestro proceso del campamento al barrio, por primera vez nos preguntaban qué queríamos de nuestras vidas, y comenzamos de a poco, a decidir por nosotros mismos. Aunque la libertad de elegir, parezca un derecho inherente al ser humano, no teníamos esa opción. Cuando llegaron los voluntarios de Un Techo para Chile, les dimos a conocer que la superación de la pobreza sería posible, sólo si nosotros la protagonizábamos. No sabíamos bien cómo, pero sí teníamos la intención de lograrlo y ellos creyeron en nosotros. Participamos desde el más mínimo detalle de la construcción de nuestras viviendas de emergencia, y eso hizo la diferencia. No fue fácil. En mi país, que no es muy distinto al resto de Latinoamérica, no se acostumbraba a que las familias más pobres decidiéramos cómo y dónde vivir. Y este pequeño, pero significativo paso hizo posible la creación de una corporación a nivel nacional de líderes de asentamientos, una nueva política publica de vivienda más inclusiva, y lo más importante comenzábamos a sentirnos personas y no los pobres excluidos. No nos pongan un techo para soñar, pero sí construyámoslo juntos. Sólo de esta forma Latinoamérica será posible.

Cecilia Castro, presidenta de la Corporación de Dirigentes También Somos Chilenos

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Latinoamérica

18 mayo 2011 § Deja un comentario

Soy,
soy lo que dejaron,
Soy las sobras de lo que te robaron,

Un pueblo escondido en la cima, Mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima,
Soy una fábrica de humo,
Mano de obra campesina para tu consumo,
En el medio del verano,
El amor en los tiempos del cólera,
Mi hermano!

Soy el que nace y el día que muere,
Con los mejores atardeceres,
Soy el desarrollo en carne viva,
Un discurso sin saliva,
Las caras más bonitas que he conocido,
Soy la fotografía de un desaparecido,
La sangre dentro de tus venas,
Soy un pedazo de tierra que vale la pena,
Una canasta con frijoles.
Soy Maradona contra Inglaterra Anotándole dos goles.
Soy lo que sostiene mi bandera,
la espina dorsal de mi planeta, en mi cordillera.
Soy lo que me enseño mi padre, el que no quiere a su patria no quiere a su madre.
Soy América Latina un pueblo sin piernas pero que camina.

Tú no puedes comprar al viento,
Tú no puedes comprar al sol
Tú no puedes comprar la lluvia,
Tú no puedes comprar al calor.
Tú no puedes comprar las nubes,
Tú no puedes comprar mi alegría,
Tú no puedes comprar mis dolores.

Tengo los lagos, tengo los ríos,
Tengo mis dientes pa cuando me sonrío,
La nieve que maquilla mis montañas,
Tengo el sol que me seca y la lluvia que me baña,
Un desierto embriagado con pellotes,
Un trago de pulque para cantar con los coyotes,
Todo lo que necesito!

Tengo a mis pulmones respirando azul clarito,
La altura que sofoca,
Soy las muelas de mi boca mascando coca,
El otoño con sus hojas desmayadas,
Los versos escritos bajo las noches estrelladas,
Una viña repleta de uvas,
Un cañaveral bajo el sol en cuba,
Soy el mar Caribe que vigila las casitas,
Haciendo rituales de agua bendita,
El viento que peina mi cabello,
Soy todos los santos que cuelgan de mi cuello,
El jugo de mi lucha no es artificial porque el abono de mi tierra es natural.

Vamos caminando, vamos dibujando el camino!

Trabajo bruto pero con orgullo,
Aquí se comparte lo mío es tuyo,
Este pueblo no se ahoga con marullos,
Y si se derrumba yo lo reconstruyo,
Tampoco pestañeo cuando te miro,
Para que te recuerdes de mi apellido,
La operación cóndor invadiendo mi nido, Perdono pero nunca olvido, oye!

Vamos caminado,
aquí se respira lucha.
Vamos caminando,
yo canto porque se escucha.
Vamos caminando,
aquí estamos de pie.

Que viva Latinoamérica.

No puedes comprar mi vida!

Calle 13

Otro mundo es posible. Sí, pero, ¿cómo?

19 abril 2011 § Deja un comentario

La construcción del socialismo revolucionario a escala mundial y, por consiguiente, el desmantelamiento y la sustitución definitiva del sistema capitalista ha supuesto siempre para los revolucionarios un reto difícil de conseguir, colmado de contradicciones, de marchas y contramarchas, que impone -a su vez- la obligación de estudios y propuestas más profundos, tomando en cuenta la realidad de un mundo globalizado como el de hoy, sometido a los caprichos e intereses de los grupos hegemónicos internacionales.

Así, la prácticamente inexistente economía política del socialismo ha obligado a muchos revolucionarios a recurrir a mecanismos y propuestas que en sí sólo representan mejoras del modelo capitalista, creyendo que una vez alcanzado el mayor nivel de desarrollo del mismo podrá construirse entonces el socialismo, al satisfacerse las necesidades materiales de las personas de un modo equitativo, refrenando mediante leyes el afán de ganancias y la explotación de la cual es víctima todo individuo que perciba un salario por su trabajo, ya sea manual o intelectual.

Tal debilidad teórica del socialismo revolucionario en materia económica representa, sin duda, el desafío más grande a vencer asumido por muchos socialistas a nivel mundial con la finalidad de hacer de esta alternativa al capitalismo algo revolucionario, viable e inmediato. En esta dirección, ya manifestaba el Che Guevara décadas atrás que “todo parte de la errónea concepción de querer construir el socialismo con elementos del capitalismo sin cambiarles realmente la significación. Así se llega a un sistema híbrido que arriba a un callejón sin salida o salida difícilmente perceptible que obliga a nuevas concesiones a las palancas económicas, es decir al retroceso”. Algo que ya se observó con la restauración capitalista en la extinta URSS y la que se forja actualmente en China y Vietnam, aún bajo la denominación del socialismo, y que, probablemente, tenga lugar también en Cuba, con algunas características específicas. « Leer el resto de esta entrada »

Todo parece bonito…

3 noviembre 2010 § Deja un comentario

Néstor y lo que se viene

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Por Mempo Giardinelli

Escribo esto en caliente, en la misma mañana de la muerte anunciada de Néstor Kirchner, y ojalá me equivoque. Pero siento dolor y miedo y necesito expresarlo.

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Pienso que estos días van a ser feísimos, con un carnaval de hipocresía en el Congreso, ya van a ver. Los muertos políticos van a estar ahí con sus jetas impertérritas. Los resucitados de gobiernos anteriores. Los lameculos profesionales que ahora se dicen “disidentes”. Los frívolos y los garcas que a diario dibujan Rudy y Dani. Todos ellos y ellas. Caras de plástico, de hierro fundido, de caca endurecida. Aplaudidos secretamente por los que ya están emitiendo mailes de alegría feroz.
Los veremos en la tele, los veo ya en este mediodía soleado que aquí en el Chaco, al menos, resplandece como para una mejor causa.
Nunca fui kirchnerista. Nunca vi a Néstor en persona, jamás estuve en un mismo lugar con él. Ni siquiera lo voté en 2003. Y se lo dije la única vez que me llamó por teléfono para pedirme que aceptara ser embajador argentino en Cuba.
Siempre dije y escribí que no me gustaba su estilo medio cachafaz, esa informalidad provocadora que lo caracterizaba. Su manera tan peronista de hacer política juntando agua clara y aceite usado y viscoso.
Pero lo fui respetando a medida que, con un poder que no tenía, tomaba velozmente medidas que la Argentina necesitaba y casi todos veníamos pidiendo a gritos. Y que enumero ahora, porque en el futuro inmediato me parece que tendremos que subrayar estos recuentos para marcar diferencias. Fue él, o su gobierno, y ahora el de Cristina:
– El que cambió la política pública de derechos humanos en la Argentina. Nada menos. Ahora algunos dicen estar “hartos” del asunto, como otros criticaron siempre que era una política más declarativa que otra cosa. Pero Néstor lo hizo: lo empezó y fue consecuente. Y así se ganó el respeto de millones.
– El que cambió la Corte Suprema de Justicia, y no importa si después la Corte no ha sabido cambiar a la Justicia argentina.
– El que abrió los archivos de los servicios secretos y con ello reorientó el juicio por los atentados sufridos por la comunidad judía en los ’90.
– El que recuperó el control público del Correo, de Aguas, de Aerolíneas.
– El que impulsó y logró la nulidad de las leyes que impedían conocer la verdad y castigar a los culpables del genocidio.
– El que cambió nuestra política exterior terminando con las claudicantes relaciones carnales y otras payasadas.
– El que dispuso una consecuente y progresista política educativa como no tuvimos por décadas, y el que cambió la infame Ley Federal de Educación menemista por la actual, que es democrática e inclusiva.
– El que empezó a cambiar la política hacia los maestros y los jubilados, que por muchos años fueron los dos sectores salarialmente más atrasados del país.
– El que cambió radicalmente la política de defensa, de manera que ahora este país empieza a tener unas Fuerzas Armadas diferentes, democráticas y sometidas al poder político por primera vez en su historia.
– El que inició una gestión plural en la cultura, que ahora abarca todo el país y no sólo la ciudad de Buenos Aires.
– El que comenzó la primera reforma fiscal en décadas, a la que todavía le falta mucho pero hoy permite recaudaciones record.
– El que renegoció la deuda externa y terminó con la estúpida dictadura del FMI. Y por primera vez maneja el Banco Central con una política nacional y con record de divisas.
– El que liquidó el infame negocio de las AFJP y recuperó para el Estado la previsión social.
– El que con la nueva ley de medios empezó a limitar el poder absoluto de la dictadura periodística privada que todavía distorsiona la cabeza de millones de compatriotas.
– El que impulsó la ley de matrimonio igualitario y mantiene una política antidiscriminatoria como jamás tuvimos.
– El que gestionó un crecimiento económico de los más altos del mundo, con recuperación industrial evidente, estabilidad de casi una década y disminución del desempleo. Y va por más, porque se acerca la nueva legislación de entidades bancarias, que terminará un día de éstos con las herencias de Martínez de Hoz y de Cavallo.
Néstor lo hizo. Junto a Cristina, que lo sigue haciendo. Con innumerables errores, desde ya. Con metidas de pata, corruptelas y turbiedades varias y algunas muy irritantes, funcionarios impresentables, cierta belicosidad inútil y lo que se quiera reprocharles, todo eso que a muchos como yo nos dificulta declararnos kirchneristas, o nos lo impide.
Pero sólo los miserables olvidan que la corrupción en la Argentina es connatural desde que la reinventaron los mil veces malditos dictadores y el riojano ídem.
De manera que sin justificarle ni un centavo mal habido a nadie, en esta hora hay que recordarle a la nación toda que nadie, pero nadie, y ningún presidente desde por lo menos Juan Perón entre el ’46 y el ’55, produjo tantos y tan profundos cambios positivos en y para la vida nacional.
A ver si alguien puede decir lo contrario.
De manera que menudos méritos los de este flaco bizco, desfachatado, contradictorio y de caminar ladeado, como el de los pingüinos.
Sí, escribo esto adolorido y con miedo, en esta jodida mañana de sol, y desolado también, como millones de argentinos, un poco por este hombre que Estela de Carlotto acaba de definir como “indispensable” y otro poco por nosotros, por nuestro amado y pobrecito país.
Y redoblo mi ruego de que Cristina se cuide, y la cuidemos. Se nos viene encima un año tremendo, con las jaurías sedientas y capaces de cualquier cosa por recuperar el miserable poder que tuvieron y perdieron gracias a quienes ellos llamaron despreciativamente “Los K” y nosotros, los argentinos de a pie, los ciudadanos y ciudadanas que no comemos masitas envenenadas por la prensa y la tele del sistema mediático privado, probablemente y en adelante los recordaremos como “Néstor y Cristina, los que cambiaron la Argentina”.
Descanse en paz, Néstor Kirchner, con todos sus errores, defectos y miserias si las tuvo, pero sobre todo con sus enormes aciertos. Y aguante Cristina. Que no está sola.
Y los demás, nosotros, a apechugar. ¿O acaso hemos hecho otra cosa en nuestras vidas y en este país?

Los Nadies

13 diciembre 2009 § 3 comentarios

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.

Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

El Muro

1 diciembre 2009 § Deja un comentario

Con este título, “El Muro”, el filósofo Jean Paul Sartre se inicia con su primer libro de relatos de ficción en el camino de la literatura. Aquellos que lo hemos leído recordamos sus cuentos en los que la violencia irrumpe de un modo que recuerda las tragedias griegas. El mismo escritor publica años después El fantasma de Stalin en el que condena la invasión soviética a Hungría, para luego aceptar su ambición imperial como un mal necesario en un mundo en el que los bandos en lucha ponen frente a frente al socialismo y al capitalismo.

El socialismo soviético tenía sus fallas, pero era la única esperanza de la izquierda para construir un mundo nuevo. Las críticas debían hacerse en el vestuario para no hacerle el juego a “ la derecha” como se rebautiza hoy al capitalismo explotador. Condenar de por sí la política soviética era propio del moralismo burgués y de un ascetismo egoísta. Sólo una renovación política que profundizara el ideal leninista de desaparición del Estado y la conformación de una sociedad emancipada llevaría a la humanidad hacia la libertad concreta. Pero semejante ideal no era posible en una sola nación, se requería la batalla internacional de todos los pueblos del mundo contra el imperialismo capitalista para realizar en la práctica la creación de un hombre nuevo.

Muerto Stalin, el deshielo y la coexistencia pacífica fue vivida por muchos militantes como un aburgesamiento del régimen. Era un paso atrás en lugar de un avance en el espíritu revolucionario. La escisión del movimiento comunista internacional a partir de la crítica al revisionismo soviético de parte de la China comunista liderada por Mao propone una nueva vía intransigente hacia la revolución comunista.

¿En qué momento se agrieta esta voluntad utópica y a partir de cuándo comienza a derrumbarse el ideal revolucionario? ¿Fue con la masacre de Pol Pot en Camboya en los setenta? ¿ Con las rebeliones de los pueblos situados detrás de la cortina de hierro como la rebelión húngara del 56, la primavera de Praga del 68? ¿ O fue la sedición en los astilleros polacos al mando de Lech Walessa que en nombre de los derechos humanos inaugura un grito de libertad que a partir de la década del ochenta se hace planetario? ¿Tiene que ver con esto la política del Papa Juan Pablo II que apoyó las ánsias de libertad de su grey sojuzgada? ¿No fue el escándalo moral de la denuncia del premio Nóbel de literatura Alexander Solzhenitsyn de los campos de concentración del Gulag siberiano?

¿O quizás fue el fracaso de la revolución cultural China que no evitó el desmoronamiento maoísta que le da lugar a que Deng Xiaoping elabore un nuevo plan del que nacerá la nueva China comunista en lo político y capitalista en lo económico que impulsa en la actualidad al mercado mundial?

¿Fue la implosíon del mismo sistema soviético central que no podía solucionar sus problemas alimentarios debidos a una ineficiente política agrícola? ¿O por las exigencias derivadas del desafío tecnológico de los EE.UU que lo conminaba a inversiones imposibles de realizar tanto en la guerra espacial como en la revolución digital?

¿Acaso la vuelta de página del ideal revolucionario no se debió al fin de la lucha contra el colonialismo que dejó sellado el mapa de nuevas naciones aunque se prolongaran en guerras civiles?

Las causas sobredeterminan el acontecimiento del 9 de noviembre de 1989 y sus efectos intervienen en la configuración de nuestro mundo actual.

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Nuestro Señor

16 noviembre 2009 § Deja un comentario

Me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio -asistido- de Sócrates en lugar del suicidio -más asistido todavía- de Jesús. Martín Caparrós.

Sócrates ya lo sabía: nunca se puede saber nada, y hay que saberlo para saber algo. Sabemos, por ejemplo, que entre dos hombres célebres condenados y ejecutados por sus Estados hace más de dos mil años recordamos mucho más a uno de ellos. Hoy se revive en la mitad del mundo la muerte de aquel señor judío ejecutado en Palestina. Su victoria fue tan completa que hoy lo evocamos, aún sin quererlo, todos: los que creen que ese señor fue un Dios, los que creen que no, los que no creemos que eso que llaman dioses exista fuera de las mentes –donde se mezcla con el vencimiento de la cuota del auto, el viaje de egresados de la nena, el miedo al cáncer de pulmón, la indignación por el ascenso de Rodríguez, la urgencia de repintarse los claritos, las ganas de cogerse a la vecina del 3ºC, el desprecio por Marcelo Tinelli, la pregunta por el sentido de la vida, el tedio ante los diarios, el dolor del gol en contra del domingo, el dolor de la maldita regla, el dolor de ya no ser, la esperanza de que el próximo gobierno, la ignorancia sobre casi todo, las ganas de cogerse al cajero de cobranzas, la culpa por el asado de esta noche, el hartazgo por los reclamos de Teresa, el recuerdo de aquel helado de frutilla, el olvido de la cara del abuelo y tantas otras cosas.

Pero en el mundo real, un poco más allá o más acá de la mente, aquel señor de Palestina tiene un lugar tan decisivo que esta mañana usted, señora, puede leer este diario en la cama en lugar del subte medio lleno: Dios –sabíamos– es misericordioso. Y todo por una muerte a tiempo y bien usada. La primera, en cambio, no dejó rastros visibles.

Sócrates fue el hijo de un tallador de piedras que nació en Atenas hacia el año 470 antes del Otro. Cuando joven retomó el oficio de su padre y peleó en las milicias de su ciudad contra los persas; era un ciudadano aplicado, sin el menor carisma, más feo que mil perros feos y levemente hosco pero tan inteligente que en algún momento decidió que se dedicaría sólo a pensar y, si acaso, entrenar algunos jóvenes en ese deporte extremo. Sócrates tuvo una vida protestona y más o menos feliz, casado con una señora que pasó a la historia como la más insoportable, padre de tres hijos medio idiotas y animador de mil debates, medium de ideas y hallazgos memorables. Hasta que un día, 399 antes del Otro, lo acusaron de “despreciar a los dioses de la ciudad y corromper a sus jóvenes”, y un tribunal popular lo condenó, tras breve discusión, a muerte. Sócrates tenía el derecho de proponer una pena alternativa –que solía ser aceptada: una multa importante, el ostracismo–. Con desprecio infinito les sugirió que, en vez de matarlo, lo mantuvieran de por vida “por sus servicios a Atenas”. El tribunal ratificó su condena y treinta días después, rechazando los planes de fuga que le propusieron sus amigos, Sócrates se tomó la cicuta de un buen trago.

Sócrates no fue Jesús, pero podría haber sido. Y ahora, jueves dizque santo, pescados aterrados, el incienso en el aire, la molicie, me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio –asistido– de Sócrates en lugar del suicidio –más asistido todavía– de Jesús. Dos profetas menores –de dos ciudades bien distintas: una, el centro de la cultura de su tiempo, la inventora de la filosofía y la democracia, brillantísima Atenas; la otra, la capital de una provincia atrasada del Imperio, sede de un templo, una corte y un mercado, Jerusalem bella y oscura. Dos profetas que se entregaron a la muerte: rechazaron la clemencia de sus jueces, los provocaron para obligarlos a matarlos –o, por lo menos, no hicieron nada por impedirlo. Los dos actuaron, entonces, esa manera del suicidio que podríamos llamar sacrificial: alguien que cree que es mejor morirse para sostener ciertas ideas que dejarlas de lado para seguir viviendo. Aunque sus sacrificios se vieron tan distintos: la puesta en escena dramática y pública de la tortura de la cruz contra la delicadeza de un trago en la intimidad del patio de la casa. Sócrates estuvo displicente: “Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Por favor, no te olvides de dárselo”, fueron sus últimas palabras. Esculapio era un dios curandero, cuyos sacerdotes cobraban sus terapias en bípedos plumados; la frase significa, dicen, que Sócrates tomó la muerte como cura. Jesús, en cambio, se desesperó: “Eli, Eli, lama sabactani”, gritó en la cruz, en su frase más brutal y menos recordada: “Padre, Padre, ¿por qué me abandonaste?”. Pero la diferencia mayor está en las ideas por las que murieron, y en la forma en que intentaron difundirlas. « Leer el resto de esta entrada »

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