El rasgo evolutivo de la corrupción

1 octubre 2009 § 1 comentario


Buenos Aires. “¿Por dónde quiere ir?”, interrogó el energúmeno del taxista, como si un pasajero del interior supiera. Y al terminar el recorrido –el más largo, claro-, después de pedirle el comprobante, volvió a preguntar: “¿Por cuánto se lo hago, jefe?”. El taxista quería decir, en realidad, que le daba lo mismo escribir un monto mayor del que me estaba cobrando -25 pesos- para que yo me ganara la diferencia al rendir cuentas. No preguntó “¿quiere que se lo haga por un poco más?”.

El chofer dio por sentado que ese primer paso no hacía falta: seguramente todos le piden lo mismo, es natural que lo ofrezca y es lógico que el pasajero le diga cuánto. Entonces recordé que estaba en Buenos Aires. Allí se puede comprobar por qué Charles Darwin fue, además de naturalista, un agudísimo observador antropológico.

En su bitácora original del viaje en el Beagle (editada por la Universidad de Cambridge), le dedica largos párrafos a algo que despierta su curiosidad, en noviembre de 1832: “En la Sala de Buenos Aires no creo que haya seis hombres cuya honestidad y principios pudiesen ser de confiar. Todo funcionario público es sobornable; el jefe de correos vende moneda falsificada: el gobernador y el primer ministro saquean abiertamente las arcas públicas. No se puede esperar justicia si hay oro de por medio (…). Con esta extrema carencia de principios entre los dirigentes, y con el país plagado de funcionarios violentos y mal pagos, tienen, sin embargo, la esperanza de que el gobierno democrático perdure. En mi opinión, antes de muchos años temblarán bajo la mano férrea de algún dictador. Como deseo el bien del país, espero que ese período no tarde en llegar”.

Por si hacía falta, contaba que “la policía y la justicia son completamente ineficientes”. En defensa de los porteños, lo único que se puede poner en duda es que los habitantes de cualquier ciudad sean tan distintos a ellos.


Clases altas. En su viaje a caballo por la pampa, Darwin contrató a un grupo de gauchos –además de a su guía inglés, Mr. Harris. La convivencia con ellos le dejó impresiones que lo llevaron a diferenciarlos de los hombres de ciudad, en especial de los porteños. Si bien admitía que el gaucho era parco, peleador y que tomaba de más, lo consideraba un hombre noble: “Los gauchos u hombres de campo son muy superiores o los que residen en las ciudades. El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país”.

Por el contrario, afirma que “las clases más altas y educadas que viven en las ciudades cometen muchos otros crímenes pero carecen de las virtudes del carácter del gaucho. Se trata de personas sensuales y disolutas que (…) practican las corrupciones más groseras; su falta de principios es completa. Teniendo la oportunidad, no defraudar a un amigo es considerado un acto de debilidad. El concepto de honor no se comprende”.

Acerca del carácter general de los argentinos y su apego al trabajo, Darwin concluía que “el número de caballos y la abundancia de comida son la destrucción de toda industriosidad. Además, hay tantos feriados y nada puede empezarse si la Luna no está en creciente; por ambas causas se pierde la mitad del mes”. En relación a esto y a la corrupción, cualquier parecido con la realidad debe ser considerado discurso monopólico de los grupos que sólo desean el mal de nuestro gobierno.

Edgardo Litvinoff – Publicado el 9/29/2009 11:52:00 PM

Fuente: aqui

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§ Una respuesta a El rasgo evolutivo de la corrupción

  • elda dice:

    es genial lo que haces me encantaria que me mandes estas historias a micorreo si no es mucha molesti son cosas impactantes que queda en la vida de cada uno de nosotros y me interesan

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