Instantes

20 noviembre 2009 § Deja un comentario

Poema atribuido a Borges, pero cuyo real autor sería Don Herold o Nadine Stair.

Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.
Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.

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Nuestro Señor

16 noviembre 2009 § Deja un comentario

Me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio -asistido- de Sócrates en lugar del suicidio -más asistido todavía- de Jesús. Martín Caparrós.

Sócrates ya lo sabía: nunca se puede saber nada, y hay que saberlo para saber algo. Sabemos, por ejemplo, que entre dos hombres célebres condenados y ejecutados por sus Estados hace más de dos mil años recordamos mucho más a uno de ellos. Hoy se revive en la mitad del mundo la muerte de aquel señor judío ejecutado en Palestina. Su victoria fue tan completa que hoy lo evocamos, aún sin quererlo, todos: los que creen que ese señor fue un Dios, los que creen que no, los que no creemos que eso que llaman dioses exista fuera de las mentes –donde se mezcla con el vencimiento de la cuota del auto, el viaje de egresados de la nena, el miedo al cáncer de pulmón, la indignación por el ascenso de Rodríguez, la urgencia de repintarse los claritos, las ganas de cogerse a la vecina del 3ºC, el desprecio por Marcelo Tinelli, la pregunta por el sentido de la vida, el tedio ante los diarios, el dolor del gol en contra del domingo, el dolor de la maldita regla, el dolor de ya no ser, la esperanza de que el próximo gobierno, la ignorancia sobre casi todo, las ganas de cogerse al cajero de cobranzas, la culpa por el asado de esta noche, el hartazgo por los reclamos de Teresa, el recuerdo de aquel helado de frutilla, el olvido de la cara del abuelo y tantas otras cosas.

Pero en el mundo real, un poco más allá o más acá de la mente, aquel señor de Palestina tiene un lugar tan decisivo que esta mañana usted, señora, puede leer este diario en la cama en lugar del subte medio lleno: Dios –sabíamos– es misericordioso. Y todo por una muerte a tiempo y bien usada. La primera, en cambio, no dejó rastros visibles.

Sócrates fue el hijo de un tallador de piedras que nació en Atenas hacia el año 470 antes del Otro. Cuando joven retomó el oficio de su padre y peleó en las milicias de su ciudad contra los persas; era un ciudadano aplicado, sin el menor carisma, más feo que mil perros feos y levemente hosco pero tan inteligente que en algún momento decidió que se dedicaría sólo a pensar y, si acaso, entrenar algunos jóvenes en ese deporte extremo. Sócrates tuvo una vida protestona y más o menos feliz, casado con una señora que pasó a la historia como la más insoportable, padre de tres hijos medio idiotas y animador de mil debates, medium de ideas y hallazgos memorables. Hasta que un día, 399 antes del Otro, lo acusaron de “despreciar a los dioses de la ciudad y corromper a sus jóvenes”, y un tribunal popular lo condenó, tras breve discusión, a muerte. Sócrates tenía el derecho de proponer una pena alternativa –que solía ser aceptada: una multa importante, el ostracismo–. Con desprecio infinito les sugirió que, en vez de matarlo, lo mantuvieran de por vida “por sus servicios a Atenas”. El tribunal ratificó su condena y treinta días después, rechazando los planes de fuga que le propusieron sus amigos, Sócrates se tomó la cicuta de un buen trago.

Sócrates no fue Jesús, pero podría haber sido. Y ahora, jueves dizque santo, pescados aterrados, el incienso en el aire, la molicie, me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio –asistido– de Sócrates en lugar del suicidio –más asistido todavía– de Jesús. Dos profetas menores –de dos ciudades bien distintas: una, el centro de la cultura de su tiempo, la inventora de la filosofía y la democracia, brillantísima Atenas; la otra, la capital de una provincia atrasada del Imperio, sede de un templo, una corte y un mercado, Jerusalem bella y oscura. Dos profetas que se entregaron a la muerte: rechazaron la clemencia de sus jueces, los provocaron para obligarlos a matarlos –o, por lo menos, no hicieron nada por impedirlo. Los dos actuaron, entonces, esa manera del suicidio que podríamos llamar sacrificial: alguien que cree que es mejor morirse para sostener ciertas ideas que dejarlas de lado para seguir viviendo. Aunque sus sacrificios se vieron tan distintos: la puesta en escena dramática y pública de la tortura de la cruz contra la delicadeza de un trago en la intimidad del patio de la casa. Sócrates estuvo displicente: “Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Por favor, no te olvides de dárselo”, fueron sus últimas palabras. Esculapio era un dios curandero, cuyos sacerdotes cobraban sus terapias en bípedos plumados; la frase significa, dicen, que Sócrates tomó la muerte como cura. Jesús, en cambio, se desesperó: “Eli, Eli, lama sabactani”, gritó en la cruz, en su frase más brutal y menos recordada: “Padre, Padre, ¿por qué me abandonaste?”. Pero la diferencia mayor está en las ideas por las que murieron, y en la forma en que intentaron difundirlas. « Leer el resto de esta entrada »

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